La agorafobia es un trastorno de ansiedad en el que la persona, por definición, tiene miedo a los espacios abiertos, aunque, como veremos, no es siempre ni exactamente así. La agorafobia tiene, generalmente, un inicio marcado, un momento en el que la persona empieza a encontrarse mal y aparecen una serie de pensamientos catastrofistas como “me voy a desmayar”, “me voy a caer”, “nadie me va a ayudar”,  “me está pasando algo malo”, “me va a dar un infarto”…

Lógicamente, cuando uno piensa esto, aparece la respuesta de ansiedad, es decir, se puede acelerar el corazón, sudar, sensación de mareo, de falta de aliento o ahogo, temblor… Tras este inicio, la persona tiene miedo de que le vuelva a pasar lo mismo. Imaginemos que estas sensaciones han aparecido caminando por la calle, o en un centro comercial. La próxima vez que la persona baje a la calle o vaya a ese u otro centro comercial, va a tener miedo de que le vuelva a ocurrir, lo que hace más probable que vuelva a pasar.

Así es como se puede empezar a tener una agorafobia. Tras esto, la persona empieza a experimentar miedo por estar en determinados sitios, generalmente, sitios muy masificados, de los que piensa que es difícil escapar (metro, autobús, conciertos, colas de supermercados, centros comerciales, cines, etc., y, finalmente, la calle) o en los que tendría que dar demasiadas explicaciones si lo hiciera, por ejemplo, por estar con amigos. Comienza a evitar o a escapar de este tipo de situaciones, llegando un momento en que se queda en casa excepto para lo que no tiene más remedio que salir. Esto lo único que provoca es que tenga cada vez más miedo y sea cada vez más incapaz de afrontar estas situaciones.

Muchas personas lo mantienen en secreto, no se lo cuentan más que a las personas de más confianza, las personas que las acaban acompañando a cualquier sitio al que quieren ir. La limitación en este tipo de problema es muy grande, se acaba siendo muy dependiente de los demás para todo y, lógicamente, tras un tiempo así, el estado de ánimo se ve muy mermado.

La agorafobia tiene tratamiento, se puede solucionar y salir para siempre de este problema, con esfuerzo y ganas se puede conseguir. El tratamiento más efectivo es la terapia cognitivo conductual, y, en algunos casos, puede ser necesario un tratamiento combinado con medicación.