¡Antes no teníamos problemas!

Muchas parejas que acuden a consulta hablan de las fases anteriores de su relación pensando que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Es cierto que, cuándo nos enamoramos, existen una serie de circunstancias que favorecen este hecho:

  1. El carácter restrictivo de la interacción: por ejemplo, siempre que vemos a esa persona es para compartir ocio, van surgiendo proyectos comunes que nos unen, hay ausencia de responsabilidades como hijos o convivencia.
  2. Ausencia de toma de decisiones.            
  3. Novedad de la comunicación sexual
  4. Expectativas idealizadas

Todas estas condiciones hacen que la probabilidad de apariencia de conflicto sea mucho menor.

La importancia de la reciprocidad

Cuando hablamos de reciprocidad en pareja nos referimos al intercambio de gratificaciones (alagos, cumplidos, miradas…) y las veces que cada miembro de la pareja lo realiza.

Generalmente, las parejas que tienen conflictos hace tiempo que dejaron a un lado este intercambio de positivo y, por supuesto, este hecho influye de una manera muy negativa en la relación.

Podemos poner como ejemplo una cuenta bancaria. Si cada día ingresamos un poquito, el saldo será positivo y podremos enfrentarnos a ciertos gastos imprevistos. Sin embargo, si no ingresamos, algún problema repentino puede hacer que nos quedemos en números rojos.

Lo mismo pasa con las relaciones. Si no cultivamos día a día esa parte positiva, cualquier discusión o disputa puede acercarnos a la ruptura.

Además, está demostrado que la conducta de un miembro de la pareja, está en función y depende en gran medida de la del otro, es decir:

· Aumentará la probabilidad de ser reforzado (recibir positivo), si refuerzo.

· Aumentará la probabilidad de ser castigado, si castigo.

· Aumentará la probabilidad de recibir mucho, si doy mucho.

· Aumentará la probabilidad de dar poco, si recibo poco.

La importancia de los pensamientos

Además del proceso de reciprocidad, en una relación de pareja entran en juego los pensamientos o determinantes cognitivos.

En este sentido, debemos hablar de los procesos mediacionales. Estos serían nuestras expectativas, atención, experiencia previa… que condicionan la manera en la que recibimos la información proporcionada por el otro, la elaboramos, la interpretamos y actuamos en consecuencia a esta.

Es decir, cuando nuestra pareja nos comunica algo, no solo influye el mensaje, sino también nuestras experiencias previas con ese tema en concreto, la parte a la que presto más atención, lo que pretendo conseguir con esa comunicación, etc.   

Por ejemplo, Paqui se encuentra en casa preparando la cena ya que su marido llegará tarde del trabajo. Mientras lo hace esta pensando “siempre estamos igual”, “todo lo hago yo”, “nunca me lo agradece”, “esta no es la idea que yo tenía de nuestra relación”. Cuando aparece Paco por  la puerta y le dice “¡ya estoy aquí!”, ella reacciona con enfado y gritando “¡ya era hora!”, lo que termina en disputa.

En este ejemplo vemos como un mensaje neutro puede convertirse en negativo y producir una discusión si se ve modulado por los pensamientos del receptor.

Además, otro factor es la satisfacción en pareja. En nuestras relaciones, solemos medir este concepto a través de la valoración e interpretación de la conducta del otro, por lo que se ve influida por todo lo anterior.

En próximos posts, hablaremos de cómo se mantiene el conflicto y qué hacer para solucionarlo. De momento tienes varias pistas para mejorar tu relación de pareja, dar mucho positivo y… ¡cuidado con los pensamientos!